La profundidad de Alejandra, su extraordinario don de lectura y de crítica fulminante, me marcaron para siempre con una gran exigencia interior. Creo que fue la persona más genial que he conocido, y como he tenido el privilegio de tratar en ocasiones a Octavio Paz, a Borges o a Noam Chomsky, creo saber por experiencia lo que se reconoce comúnmente por genio. Alejandra era totalmente revolucionaria en su manera de descubrir verdades obvias pero escondidas en cuanto al lenguaje y a la literatura. Lo que decía parecía absolutamente sensato e incluso de cierta manera resultaba obvio, hasta que uno se daba cuenta de que absolutamente nadie lo había dicho hasta entonces.
En La Tablada
Con Vicente Cervera Salinas, poeta español, admirador de Alejandra, peregrinamos a La Tablada. Tumba de Alejandra con letras semiborradas. Un pequeño pájaro viene a visitarme mientras Vicente busca las flores, lilas y blancas. El guardián pregunta: Cuál es la metáfora del amor? y no sé contestarle. (Algo parecido ocurre entre el cartero y Neruda, en la versión de Skarmeta -salvadas las diferencias!). El guardián recupera, con una tiza rosada, las letras carcomidas por el sol sobre la lápida: la niña de tiza rosa borrada por las lluvias reaparece así, como por un extraño encantamiento. Hay quien viene con un vaso de agua para las flores y yo recuerdo su poema: “Cuídate de mí amor mío, cuídate de la silenciosa en el desierto-de la viajera con el vaso vacío-y de la sombra de su sombra.” Y aquél otro: “En la mano que busca el vaso, en el vaso inalcanzable, en la sed de siempre”.
Una entrevista a Borges
Conocí a Alejandra en París, entre 1960 y 1963, en un restaurant del Boulevard Saint Michel. a partir de entonces nos visitábamos siempre a menudo, o bien nos manteníamos en contacto a través de llamadas, cartas o colaboraciones. Entre ellas, una entrevista a Borges para Zona Franca, que dirigía Juan Liscano, un gran poeta venezolano con singular generosidad y visión de la literatura de su época. Alejandra escribía habitualmente para Zona Franca, donde publicó otras entrevistas muy interesantes, así como también artículos críticos, entre otros el muy demoledor que dedicó a Ricardo Molinari.
Retrospectivamente, pienso que la razón que la llevó a pedirme auxilio para realizar este reportaje con ella era que se sentía demasiado inerme en la casa sobria pero en algún sentido patricia de los Borges, rodeada de aquellos ilustres libros ingleses que ella nunca leería. Una casa penetrada del lejano recuerdo del fragor de la batalla de Junín, en la que los antepasados de Alejandra no habían participado -aunque mayores horrores habían ocurrido en la Polonia que sus padres se vieron obligados a abandonar. Aunque ciertamente penetrada del sentido de su relevancia como escritora, los mundos tradicionales que habitaba Borges, y en particular, la atmósfera social que lo envolvía, le resultaban ajenos y amenazantes: padecía con gran acuidad de cierta conciencia de inadecuación en ambientes de prosapia porteña, y temía también la astucia e ironía clarividente del gran Jorge Luis.
Si bien mi familia, que era estrictamente clase media, no tuvo ni pretendió jamás ninguna alcurnia semejante a la de los Borges, entre nosotros había cierto entendimiento con la tradición criolla, que nos venía en parte por haber nacido en el campo, y asimismo por la cultura francesa de mi padre, que en su voz, sus giros de expresión y ciertas soterradas burlas, muchas veces me hacía recordar a Borges, de quien era estrictamente contemporáneo. Creo que por eso fue que Alejandra, que venía a menudo a mi casa a trabajar conmigo, me instó a ir con ella, porque todas sus otras entrevistas las realizó por sí sola, y en cuanto a las preguntas, resultaba perfectamente claro que ella era capaz de formularlas mentalmente por sí misma. Así acudimos a lo de Borges, en la calle Maipú, donde Alejandra se enroscó en un sillón y me dejó ir al frente con las preguntas, que Borges contestó a su manera taimada y oblicua, perfectamente consciente de la intención alejandrina que encerraban. La entrevista (omitida en la Prosa completa editada por Lumen, donde aparecen otras de las publicadas en Zona Franca) vio la luz en septiembre de 1964 .
Humor Pizarnik
Alejandra había elegido precursores ilustres en el terreno del humor: el humor fantástico de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas; el humor trágico de Kafka y el de Lichtenberg, uno de sus autores preferidos; el humor absurdo, acre y bufonesco, de los precursores de los surrealistas, como Alfred Jarry, y finalmente el humor de autores argentinos como Bioy y Borges (artículo sobre el modo de parodiar el lenguaje de estos autores), o bien de Olga Orozco y Julio Cortázar, que fueron sus amigos. Su propio humor personal, judío, sutil y metafisico (“No hacemos nada, pero lo hacemos mal”) está presente en sus cartas y en las anécdotas que pueblan su leyenda, así como en sus juegos paródicos, como la alteración de nombres célebres: Isabel la Apestólica, Alimaña Oriental, Cristóforo Kilombo. Siempre recuerdo la humorada cariñosa que me dedicaba, cuando me llamaba “polvorita gozosa”, un apodo cariñoso que acaso encerraba una intención de terapia profética.
Mención aparte merecen los textos de humor obsceno, como La Bucanera de Pernambuco o Hilda la Polígrafa. Yo conocía estos textos –aparecen también en la Correspondencia, en particular a las muy significativas cartas a Stutman - pero debo decir que no regreso a ellos con predilección: me resultaban aún más ominosos que aquellos donde Alejandra invoca líricamente a la muerte. Hay una suerte de desenfreno de espiral negra en estos textos, que producían una indetenible angustia en los que la rodeábamos –Olga Orozco señala que ella experimentaba algo parecido. Era como si asistiéramos a un paseo por la cornisa del abismo, a una suerte de desfonde deliberado en donde nadie podía detener lo inevitable. En otras palabras, más que textos, estos escritos me parecían o me resultaban síntomas, y nunca he podido distanciarme suficientemente de ellos como para considerarlos de otra manera, lo cual, naturalmente, desvirtua la interpretacion literaria.. Para acercarse acertadamente a estos textos, con todo, entiendo que se precisa recordar en primer lugar lo que dice Alejandra: “La obscenidad no existe; existe la herida.”
Yo no soy de este mundo
Es curioso que se diga y se repita que Pizarnik elaboró su poesía a base de unas pocas palabras prestigiosas –muerte, olvido, amor, etc.- hasta conducirla a una suerte de reiteración y claustrofobia que acabó por resultar letal. Lo que no tiene en cuenta esta crítica es que este acendramiento, en primer lugar, era reconocido abiertamente por Alejandra, cuando dice en su entrevista con Martha Moia : “Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos.” Pero la decisión de reiterar este vocabulario reflejaba la postura vital de Alejandra cuando decía, como lo dice en una carta a León Ostrov: “yo no soy de este mundo” (que es también lo que dice Artaud, uno de sus escritores preferidos.) Por ejemplo, la madre de Alejandra debía viajar a veces desde la calle Montes de Oca a la calle Montevideo cuando se trataba de hervir unos tallarines para su hija de más de treinta años: tal era el desvalimiento en que ella se encontraba. Es decir que todo detalle concerniente a lo cotidiano y/o a las nociones o vivencias que se desprenden de un vivir social e histórico le eran auténticamente y fundamentalmente ajenos. No se trataba de la construcción deliberada de un personaje exquisito, sino del testimonio veraz de una persona desgarradoramente inadecuada para funcionar en el mundo y que sólo obedecía o atendía a las nociones esenciales a las que estamos todos sometidos: muerte, vida, abandono, niñez, hambre, fuego. No fueron estas decisiones o actitudes, sin embargo, las responsables de su caída vertiginosa, sino más bien las crueles condiciones de creación de una poesía difícilmente superable en su género.
El secreto Pizarnik
Igual que en la poética de Pizarnik, en su persona se operaba un fenómeno muy extraño en el sentido de que irradiaba un espacio donde la infancia, la adolescencia y la edad adulta convivían simultáneamente, sin solución de continuidad. (“En esta hora inocente/yo y la que fui nos sentamos/ en el umbral de mi mirada”) Otro rasgo único y perturbador que transmitía era una conexión inmediata con lo inconciente, como una sacudida de electricidad negra. ( “Qué diría el mundo/si Dios lo hubiera abandonado así”) (“Cuando sí venga mis ojos brillarán/ de la luz de quien yo lloro/ mas ahora alienta un rumor de fuga/ en el corazón de toda cosa”). Esto es lo que explica el enorme impacto de su persona y de su poesía, y también explica el hecho de que muchos que se acercan a esta poesía se alejen súbitamente, por temor a “ser secuestrados” por ella, como ha dicho recientemente una joven poeta –expresión sumamente significativa.
Aun cuando invoca los términos mas trajinados de la lírica, lo que importa es que Alejandra Pizarnik los pronuncia desde un yo muy diferente, un yo que parece coincidir no con una historia personal sino con una conciencia nocturna y a la vez terriblemente lúcida de lo que se encuentra en el centro misterioso del lenguaje mismo. Ella volvió el camino que había seguido para siempre intransitable, por haberlo llevado a una suerte de absoluto exasperante –y esto es particularmente cierto de su poesía lírica. Pero cuando uno ve, por ejemplo, la obra dramática de una Lola Arias, (Las Impúdicas en el Paraíso) que va por caminos muy diversos, se reconocen ráfagas de esa misma especie, traspuestas, naturalmente, al clima lingüístico y existencial de la primera generación del tercer milenio. Cuando en la última película de Aristarain el personaje de Federico Luppi entremezcla las reflexiones acerca de la lucidez que escribe en su diario con las de Alejandra, a la que llama genial, bien vemos que la huella Pizarnik está presente y tatuando todo nuestro entorno. En otras palabras, los verdaderos poetas –que son muy pocos: acaso un puñado en un siglo- siguen inscriptos en la mente de las generaciones por mucho tiempo y a través de muchas prolongaciones, porque precisamente son verdaderos poetas por haber contribuído sustancialmente a transfigurar el espacio mental y el lenguaje de su tiempo.
Verdaderos y falsos retratos de Alejandra
Se ha elogiado hasta la saciedad un pequeño libro de César Aira sobre Alejandra, ambivalente y erróneo en muchos sentidos, del cual se sale sin saber si Alejandra era un genio, una poeta cursi, una plagiaria o alguien con quien, afortunadamente según el autor, concluye una tradición de poesía pura que sin embargo hemos superado y deberíamos olvidar. Acaso cabría hablar incluso de una suerte de terror ante una escritora terriblemente lúcida, cuya popularidad consterna a los menos populares. Muy certero e impresionante en cambio es este retrato de ella que da Fernando Noy, uno de los pocos testigos fidedignos de sus días finales: “Un colibrí que se había vuelto leopardo, un leopardo con corazón de mariposa santa. Era sagrada, era santa. Brava era, muy brava. Era de una bondad infernal, tan grande que daba espanto.”
Ivonne Bordelois






