ALEJANDRA PIZARNIK: PÚBLICA Y SECRETA

DIARIOS, CARTAS, TEXTOS, ARTICULOS, DIBUJOS, FOTOS

Decidí crear este blog porque estoy convencida que el conocimiento si no se comparte es inútil. He dedicado más de 15 años al estudio de su vida y obra. Realicé mi tesis doctoral sobre el discurso autobiográfico en AP, la cual resultó un libro de 700 páginas (se puede consultar en la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid). Ahora bien, solo os pido una cosa. Por respeto a mi dedicación y estudio, si tomáis fotos, artículos u otro material, citad la fuente. Muchas gracias.

miércoles 10 de junio de 2009

EL MITO PIZARNIK



El mito Pizarnik, del que tanto se ha hablado, se sustenta ante todo en dos fases. Una, la más conocida, es la de la poeta maldita que se suicida tempranamente luego de una vida desafiante, muy lejos de las pautas convencionales, tanto de la literatura como de la sociedad de su tiempo. Más interesante es el mito viviente de Alejandra, aquél que según Enrique Pezzoni, así como en mi recuerdo personal, se confirmaba a través de una presencia extraordinariamente poderosa, propia de esos seres que cambian la atmósfera de una habitación con sólo entrar en ella. Había en Alejandra algo así como una pavorosa lucidez que la instalaba en el centro o esencia de todas las cosas, situaciones y personas que la rodeaban, y por la cual nada ni nadie podía escapar a su formidable perspicacia. Sin embargo, no había voluntad de control o dominación en ella –antes bien, la transmisión de una inseguridad que socavaba todos los cimientos tranquilizadores y producía una sensación imparable de abismo. Esto se matizaba, a su vez, con una extrema delicadeza, profundidad, lirismo y sentido del humor en todos sus dichos, y el todo producía una sensación hipnotizante y hechizante, difícil o imposible de conjurar.

La profundidad de Alejandra, su extraordinario don de lectura y de crítica fulminante, me marcaron para siempre con una gran exigencia interior. Creo que fue la persona más genial que he conocido, y como he tenido el privilegio de tratar en ocasiones a Octavio Paz, a Borges o a Noam Chomsky, creo saber por experiencia lo que se reconoce comúnmente por genio. Alejandra era totalmente revolucionaria en su manera de descubrir verdades obvias pero escondidas en cuanto al lenguaje y a la literatura. Lo que decía parecía absolutamente sensato e incluso de cierta manera resultaba obvio, hasta que uno se daba cuenta de que absolutamente nadie lo había dicho hasta entonces.

En La Tablada

Con Vicente Cervera Salinas, poeta español, admirador de Alejandra, peregrinamos a La Tablada. Tumba de Alejandra con letras semiborradas. Un pequeño pájaro viene a visitarme mientras Vicente busca las flores, lilas y blancas. El guardián pregunta: Cuál es la metáfora del amor? y no sé contestarle. (Algo parecido ocurre entre el cartero y Neruda, en la versión de Skarmeta -salvadas las diferencias!). El guardián recupera, con una tiza rosada, las letras carcomidas por el sol sobre la lápida: la niña de tiza rosa borrada por las lluvias reaparece así, como por un extraño encantamiento. Hay quien viene con un vaso de agua para las flores y yo recuerdo su poema: “Cuídate de mí amor mío, cuídate de la silenciosa en el desierto-de la viajera con el vaso vacío-y de la sombra de su sombra.” Y aquél otro: “En la mano que busca el vaso, en el vaso inalcanzable, en la sed de siempre”.

Una entrevista a Borges

Conocí a Alejandra en París, entre 1960 y 1963, en un restaurant del Boulevard Saint Michel. a partir de entonces nos visitábamos siempre a menudo, o bien nos manteníamos en contacto a través de llamadas, cartas o colaboraciones. Entre ellas, una entrevista a Borges para Zona Franca, que dirigía Juan Liscano, un gran poeta venezolano con singular generosidad y visión de la literatura de su época. Alejandra escribía habitualmente para Zona Franca, donde publicó otras entrevistas muy interesantes, así como también artículos críticos, entre otros el muy demoledor que dedicó a Ricardo Molinari.

Retrospectivamente, pienso que la razón que la llevó a pedirme auxilio para realizar este reportaje con ella era que se sentía demasiado inerme en la casa sobria pero en algún sentido patricia de los Borges, rodeada de aquellos ilustres libros ingleses que ella nunca leería. Una casa penetrada del lejano recuerdo del fragor de la batalla de Junín, en la que los antepasados de Alejandra no habían participado -aunque mayores horrores habían ocurrido en la Polonia que sus padres se vieron obligados a abandonar. Aunque ciertamente penetrada del sentido de su relevancia como escritora, los mundos tradicionales que habitaba Borges, y en particular, la atmósfera social que lo envolvía, le resultaban ajenos y amenazantes: padecía con gran acuidad de cierta conciencia de inadecuación en ambientes de prosapia porteña, y temía también la astucia e ironía clarividente del gran Jorge Luis.

Si bien mi familia, que era estrictamente clase media, no tuvo ni pretendió jamás ninguna alcurnia semejante a la de los Borges, entre nosotros había cierto entendimiento con la tradición criolla, que nos venía en parte por haber nacido en el campo, y asimismo por la cultura francesa de mi padre, que en su voz, sus giros de expresión y ciertas soterradas burlas, muchas veces me hacía recordar a Borges, de quien era estrictamente contemporáneo. Creo que por eso fue que Alejandra, que venía a menudo a mi casa a trabajar conmigo, me instó a ir con ella, porque todas sus otras entrevistas las realizó por sí sola, y en cuanto a las preguntas, resultaba perfectamente claro que ella era capaz de formularlas mentalmente por sí misma. Así acudimos a lo de Borges, en la calle Maipú, donde Alejandra se enroscó en un sillón y me dejó ir al frente con las preguntas, que Borges contestó a su manera taimada y oblicua, perfectamente consciente de la intención alejandrina que encerraban. La entrevista (omitida en la Prosa completa editada por Lumen, donde aparecen otras de las publicadas en Zona Franca) vio la luz en septiembre de 1964 .

Humor Pizarnik

Alejandra había elegido precursores ilustres en el terreno del humor: el humor fantástico de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas; el humor trágico de Kafka y el de Lichtenberg, uno de sus autores preferidos; el humor absurdo, acre y bufonesco, de los precursores de los surrealistas, como Alfred Jarry, y finalmente el humor de autores argentinos como Bioy y Borges (artículo sobre el modo de parodiar el lenguaje de estos autores), o bien de Olga Orozco y Julio Cortázar, que fueron sus amigos. Su propio humor personal, judío, sutil y metafisico (“No hacemos nada, pero lo hacemos mal”) está presente en sus cartas y en las anécdotas que pueblan su leyenda, así como en sus juegos paródicos, como la alteración de nombres célebres: Isabel la Apestólica, Alimaña Oriental, Cristóforo Kilombo. Siempre recuerdo la humorada cariñosa que me dedicaba, cuando me llamaba “polvorita gozosa”, un apodo cariñoso que acaso encerraba una intención de terapia profética.

Mención aparte merecen los textos de humor obsceno, como La Bucanera de Pernambuco o Hilda la Polígrafa. Yo conocía estos textos –aparecen también en la Correspondencia, en particular a las muy significativas cartas a Stutman - pero debo decir que no regreso a ellos con predilección: me resultaban aún más ominosos que aquellos donde Alejandra invoca líricamente a la muerte. Hay una suerte de desenfreno de espiral negra en estos textos, que producían una indetenible angustia en los que la rodeábamos –Olga Orozco señala que ella experimentaba algo parecido. Era como si asistiéramos a un paseo por la cornisa del abismo, a una suerte de desfonde deliberado en donde nadie podía detener lo inevitable. En otras palabras, más que textos, estos escritos me parecían o me resultaban síntomas, y nunca he podido distanciarme suficientemente de ellos como para considerarlos de otra manera, lo cual, naturalmente, desvirtua la interpretacion literaria.. Para acercarse acertadamente a estos textos, con todo, entiendo que se precisa recordar en primer lugar lo que dice Alejandra: “La obscenidad no existe; existe la herida.”

Yo no soy de este mundo

Es curioso que se diga y se repita que Pizarnik elaboró su poesía a base de unas pocas palabras prestigiosas –muerte, olvido, amor, etc.- hasta conducirla a una suerte de reiteración y claustrofobia que acabó por resultar letal. Lo que no tiene en cuenta esta crítica es que este acendramiento, en primer lugar, era reconocido abiertamente por Alejandra, cuando dice en su entrevista con Martha Moia : “Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos.” Pero la decisión de reiterar este vocabulario reflejaba la postura vital de Alejandra cuando decía, como lo dice en una carta a León Ostrov: “yo no soy de este mundo” (que es también lo que dice Artaud, uno de sus escritores preferidos.) Por ejemplo, la madre de Alejandra debía viajar a veces desde la calle Montes de Oca a la calle Montevideo cuando se trataba de hervir unos tallarines para su hija de más de treinta años: tal era el desvalimiento en que ella se encontraba. Es decir que todo detalle concerniente a lo cotidiano y/o a las nociones o vivencias que se desprenden de un vivir social e histórico le eran auténticamente y fundamentalmente ajenos. No se trataba de la construcción deliberada de un personaje exquisito, sino del testimonio veraz de una persona desgarradoramente inadecuada para funcionar en el mundo y que sólo obedecía o atendía a las nociones esenciales a las que estamos todos sometidos: muerte, vida, abandono, niñez, hambre, fuego. No fueron estas decisiones o actitudes, sin embargo, las responsables de su caída vertiginosa, sino más bien las crueles condiciones de creación de una poesía difícilmente superable en su género.

El secreto Pizarnik

Igual que en la poética de Pizarnik, en su persona se operaba un fenómeno muy extraño en el sentido de que irradiaba un espacio donde la infancia, la adolescencia y la edad adulta convivían simultáneamente, sin solución de continuidad. (“En esta hora inocente/yo y la que fui nos sentamos/ en el umbral de mi mirada”) Otro rasgo único y perturbador que transmitía era una conexión inmediata con lo inconciente, como una sacudida de electricidad negra. ( “Qué diría el mundo/si Dios lo hubiera abandonado así”) (“Cuando sí venga mis ojos brillarán/ de la luz de quien yo lloro/ mas ahora alienta un rumor de fuga/ en el corazón de toda cosa”). Esto es lo que explica el enorme impacto de su persona y de su poesía, y también explica el hecho de que muchos que se acercan a esta poesía se alejen súbitamente, por temor a “ser secuestrados” por ella, como ha dicho recientemente una joven poeta –expresión sumamente significativa.

Aun cuando invoca los términos mas trajinados de la lírica, lo que importa es que Alejandra Pizarnik los pronuncia desde un yo muy diferente, un yo que parece coincidir no con una historia personal sino con una conciencia nocturna y a la vez terriblemente lúcida de lo que se encuentra en el centro misterioso del lenguaje mismo. Ella volvió el camino que había seguido para siempre intransitable, por haberlo llevado a una suerte de absoluto exasperante –y esto es particularmente cierto de su poesía lírica. Pero cuando uno ve, por ejemplo, la obra dramática de una Lola Arias, (Las Impúdicas en el Paraíso) que va por caminos muy diversos, se reconocen ráfagas de esa misma especie, traspuestas, naturalmente, al clima lingüístico y existencial de la primera generación del tercer milenio. Cuando en la última película de Aristarain el personaje de Federico Luppi entremezcla las reflexiones acerca de la lucidez que escribe en su diario con las de Alejandra, a la que llama genial, bien vemos que la huella Pizarnik está presente y tatuando todo nuestro entorno. En otras palabras, los verdaderos poetas –que son muy pocos: acaso un puñado en un siglo- siguen inscriptos en la mente de las generaciones por mucho tiempo y a través de muchas prolongaciones, porque precisamente son verdaderos poetas por haber contribuído sustancialmente a transfigurar el espacio mental y el lenguaje de su tiempo.

Verdaderos y falsos retratos de Alejandra

Se ha elogiado hasta la saciedad un pequeño libro de César Aira sobre Alejandra, ambivalente y erróneo en muchos sentidos, del cual se sale sin saber si Alejandra era un genio, una poeta cursi, una plagiaria o alguien con quien, afortunadamente según el autor, concluye una tradición de poesía pura que sin embargo hemos superado y deberíamos olvidar. Acaso cabría hablar incluso de una suerte de terror ante una escritora terriblemente lúcida, cuya popularidad consterna a los menos populares. Muy certero e impresionante en cambio es este retrato de ella que da Fernando Noy, uno de los pocos testigos fidedignos de sus días finales: “Un colibrí que se había vuelto leopardo, un leopardo con corazón de mariposa santa. Era sagrada, era santa. Brava era, muy brava. Era de una bondad infernal, tan grande que daba espanto.”



Ivonne Bordelois

domingo 24 de mayo de 2009

ALEJANDRA PIZARNIK Y EL PSICOANÁLISIS


Suele llamarse analizante a la persona que se analiza con un psicoanalista. En este texto el término va más allá de esa circunstancia. Alejandra Pizarnik (que tiene esa experiencia desde muy joven) participa, en otro sentido, de lo que me gustaría llamar la ilusión intelectual argentina en el psicoanálisis como experiencia del pensar.

El psicoanálisis como inmersión de quienes quieren conocerse, como ideal desculpabilizador del deseo, como figuración de un mundo familiar menos represivo, como experiencia del yo destronado, como imagen de una mismidad lejana, ajena, exiliada, como creencia liberadora de sentido, como contemplación trágica del pasado, como pregunta por la crueldad humana, como denuncia del malestar moral de nuestro tiempo, como asunto de subjetividades migrantes, extranjeras, discriminadas. El psicoanálisis como utopía de la diferencia.

La expresión Alejandra Pizarnik, la primera analizante en castellano no significa que ella sea la paciente que inaugura la lista de nuestro record internacional de analizados; quiere decir que ella, la que se sabe nacida en las palabras, es maestra excepcional para pensar una práctica cada vez más profesionalista. Llamo profesionalista a una actividad que ve en el psicoanálisis sólo una profesión. Un trabajo de rutinas, pacientes, consultorios, libros y revistas especiales, congresos, supervisiones, redes de derivación, amparos institucionales, plataformas publicitarias, estrategias de reconocimiento. ¿Es otra cosa?.

Alejandra Pizarnik, primera analizante en castellano, interroga al psicoanálisis, no sólo como espacio clínico o zona de identidad personal, sino como modo de intervenir en las discusiones de la cultura; en las preguntas sobre cómo tramamos relaciones con el lenguaje, con las representaciones que nos hacemos de nosotros mismos y del mundo; con la idea de porvenir, con los asuntos de la vida: el dolor y el sufrimiento, el deseo y la muerte.

No se puede imponer a los psicoanalistas que aprendan a escuchar, como diría Pizarnik, “con una esponja en los oídos”, ni obligar a que profesores dicten en clases universitarias que “por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”, pero sería una lástima privarse de esas ideas.

Entonces, decir que leo a Alejandra Pizarnik como primera analizante en castellano es un modo de avisar que encuentro –en ella que afirmó que (Sigmund) Freud es un poeta trágico– a una maestra de analistas.

Que Alejandra Pizarnik anotara en sus Diarios cosas que piensa sobre su propio psicoanálisis tiene y no tiene relación con el asunto. Es cierto que esas menciones se presentan como citas, pero no es allí donde ella habla mejor como analizante. Incluso cuando indago las desventuras de esa mujer joven sólo busco aprender a leer el manifiesto de su enseñanza.

La afirmación de que Alejandra Pizarnik es la primera analizante en castellano no necesita ser probada contando cosas de su intimidad o coleccionando circunstancias biográficas (historias de familia, judaísmo, aventuras sexuales, viajes, lecturas, depresiones, noches de insomnio, internaciones, intentos de suicidio o su muerte a los treinta y seis años por exceso de pastillas para dormir). Esos desechos de su vida apenas interesan aquí. No se recorta su estar analizante para engrosar la lista de casos clínicos.

“Primera analizante” puede leerse, entonces, como: mujer afectada por el lenguaje. Sensibilidad que sabe que su dolencia es cosa hecha de palabras, que percibe que las mismas palabras que dan qué pensar pueden ser tormentos, espejismos, ruidos, en los que no (se) piensa nada. O dicho de otra forma, primera no porque no haya otra antes que ella, sino porque no falta a la cita cuando es llamada a pensarse en el lenguaje. Porque sabe que la máquina de pensar es artilugio vacío y, a la vez, lleno de piezas que pueden volverse locas. Que puede darse máquina con pensamientos que la gozan, con obsesiones que la dominan, con voces que traman sufrimientos de los que, por momentos, quiere desprenderse.

No leo a Pizarnik como visionaria o testigo lúcido del psicoanálisis de su época. El sentido de la vista o su punto de vista no están en juego. Interesa Pizarnik como oído poético dislocador de una cultura que aloja al psicoanálisis como práctica del cuidado de sí.

Interesa su mirada como lo imprevisto en esa práctica. Interesa ella misma como arremetedora que alerta sobre lo que les pasa a quienes no hacen lo correcto, sobre los peligros que acechan a quienes se arriesgan a la desapropiación de sí.

Lo que queda pendiente no es la pregunta de qué pudo o no pudo el psicoanálisis hacer por Alejandra Pizarnik, sino qué puede hacer a los psicoanalistas la lectura de su obra. Leer a Pizarnik es una decisión.

Habría muchos otros modos de nombrarla: la mujer de la existencia venidera, la llamadora de ausencias, la que desespera del lenguaje, la que se aloja partida, la que arremete viajera, la enamorada de las ruinas, la que hace el mundo palabra por palabra, la que se siente deletreada por un semianalfabeto, la que vive desnuda como si llevara un traje de vidrio, la que tiene deseos de huir hacia un país más hospitalario, la inlúcida que sabe que ama sombras, la que escribe con humor “mi amante es obscena porque me toca la hora”, la que se da cuenta de que cumple una pena por nada, la del lenguaje alejandrino, la que va hacia no hay dónde, la que intenta nacerse sola, la que pregunta cómo es posible no saber tanto, la niña santa y lujuriosa, la que pide ser curada de algo que no se cura, la que advierte que habla para amueblar el escenario vacío del silencio, la que siente que el envejecimiento del rostro ha de ser una herida de espantoso cuchillo, la reina en el exilio, la que simpatiza con todos los sufrimientos, la que piensa que la felicidad consiste en estar a salvo del pronombre yo, la supliciada, la que fue demasiado lejos en su soledad. De todos los modos de llamarla, elijo este: Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis.
Esperadora
Pizarnik es el nombre de una esperadora infatigable. Escribe en su diario en marzo de 1961: “Esta espera inenarrable, esta tensión de todo el ser, este viejo hábito de esperar a quien sé que no va a venir. De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador”.
La espera, si no se confunde con la esperanza de que suceda algo, puede pensarse como dar tiempo o darse tiempo de llegada. Eso que solemos llamar el sí mismo es una existencia venidera.

La espera del analizante tiene algo de ir al encuentro de una verdad que nunca llega. Pero, una espera que es ir hacia lo que no se alcanza no es, necesariamente, impulso insatisfecho, tensión que frustra, expectativa fatigada.

¿Y una espera oxidada? Parecería una espera marchita, deslucida, sin frescura. Una espera que se consume dolida de eso que no llega. Como en A la hora señalada, que no es la película de la espera, sino la del cumplimiento de una amenaza. La urgencia de un plazo corrompe la espera. La impaciencia no es impulso de deseo; puede ser su lastre, su cautiverio.

Muchas veces, lo que una persona que se analiza espera no es la espera, sino consumar una esperanza, conquistar una felicidad custodiada de palabras, conjurar la desgracia en todas sus formas por medio del pensamiento. ¿Una especie de religión?.

Quizá Pizarnik pida que el psicoanálisis le ofrezca lo que no tiene: una fórmula de felicidad. Razones de acogida a dudas de la existencia, ahora, expresadas en primera persona de un singular en el que se celebra a sí misma. Pero también percibe, en su expectativa de sentirse mejor, una ilusión de autorreforma, una maniobra de corte y confección para forzar su coincidencia con la imagen que le gustaría alcanzar.
Tal vez aquella espera oxidada, ese polvo aguardador, sean pulsaciones tristes, ansiosas, descreídas de su existencia venidera.

No se vive así como así en situación de espera; la esperanza se cuela por todas partes. El juego de la esperanza puede decirse en tres pasos. Primero, se inventa (a medida de la propia ilusión) un absoluto distante, caprichoso y salvador. Segundo, se vive en la incertidumbre (dado que el absoluto es caprichoso y distante). Tercero, se aguarda con fe (a veces portándose bien) la llegada eventual de la salvación.

Practicante de la espera no quiere decir dogma de un ir hacia sin una meta; tampoco doctrina de me da lo mismo qué pueda pasar. La escritora es practicante de la espera porque trata de deshacer en ella misma la tentación de someterse a un absoluto.

Alejandra Pizarnik analizante, más allá de todo psicoanálisis, porque es una mujer que escribe sobre lo que le pasa. Analizante porque se sabe enferma de una especie de maldición amorosa: se siente poseída por lo que no puede poseer. Analizante porque sale al encuentro de lo que no llegará, porque se sabe abandonada. Escribe en marzo de 1961: “Y he aquí lo que me mata, he aquí la forma de mi enfermedad, el nombre de lo que me muerde como un tigre crecido súbitamente en mi garganta, nacido de mi llamado”.

Llamadora de ausencias, Alejandra Pizarnik se pregunta por qué no la atraen quienes se enamoran de ella o por qué su fascinación por el abandono o por qué se empecina en llamar a quien no habrá de venir o por qué la entristece alguien que llega con deseos de verla.

Alejandra Pizarnik, una llamadora de ausencias. Pero no porque haga citas que fracasan, sino porque da de sí la voz que convoca un lenguaje. Pensar es precisamente eso: llamar a que las palabras acudan, solicitar que se apersonen en las sensaciones, las emociones, la belleza, la angustia.

Analizante, también, porque piensa su existencia como misterio. Escribe en su diario, en el verano de 1956: “No comprendo el anhelo de ‘lo fantástico’, ni a la literatura de ‘misterio’. Es que ¿es posible hallar más misterio que en la propia existencia?”.

Admite que desconoce lo que le pasa, que duda sobre el sentido de sus actos, que de su boca salen cosas que la sorprenden, que sus deseos la visitan como parientes desconocidos.

Escribe cinco años después, cuando declara su mayor obsesión después del amor y la escritura, anotando entre paréntesis su propia voz en tercera persona: “El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme”.

No dice que quiere suicidarse, se pregunta por qué no se suicida. El suicidio no parece un deseo, sino una fatalidad. Entonces, cada noche se olvida de lo inevitable. Tal vez así, en el olvido, diga su deseo de vivir.

Alejandra Pizarnik toma, a su manera, el problema que (Albert) Camus –quien, en "El mito de Sísifo", afirma que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio– designa como el misterio más radical de la existencia: “¿Por qué elijo vivir pudiendo decidir mi muerte?”. Como si vivir fuera una decisión que el olvido toma todos los días. El olvido como cesación de la muerte.

Escribe en su diario, en octubre de 1957: “No soy más que una humilde muchacha desnuda que espera que lo Otro le dicte palabras bellas y significativas, con suficiente poder como para izar sus pobres tribulaciones y para dar validez a lo que de otra manera serían desvaríos”.

La proeza del decir no consiste en realizar una sustancia mentada ni en la voluntad de hablar, sino en el impulso de ceder la iniciativa a lo expresado, de confiar la cuestión del hablar a la astucia de las palabras.

Dejar la iniciativa a lo dicho es admitir que las palabras pronunciadas se adelantan a las palabras pensadas o transportan inventivas de sentido no previstas en la decisión de hablar. Oscar del Barco (Juan L. Ortiz, poesía y ética, ed. Alción, 1996), a propósito del poeta Juan L. Ortiz, escribe: “La extinción de lo humano no está produciéndose por el lado sublime del exceso sino por el lado maligno de la llamada ‘programación total’ y del ‘control total’. Pienso en la alternativa que representan el poeta y el místico, quienes saben que no son y viven como noseres. Habita el que es sin ser, porque el habitar exige el despojo de toda iniciativa. Es el sueño de Mallarmé, su propuesta de darle ‘la iniciativa a las palabras’, de que las palabras sin ‘dueño’ sean las que abren el sentido sin sentido ‘humano’ que es el poema. El habitar adquiere así característica de advenimiento”. Pizarnik sabe que pierde la conducción de lo que dice cuando escribe o que es sobrepasada por el flujo de las palabras.
La primera
Pero, ¿por qué primera si lo que se dice sobre ella podría afirmarse, también, de otras escritoras y otros escritores en castellano?. Su obra poética y su prosa derraman intimidad, pero no porque permitan espiar sus secretos (su interioridad desnuda), sino porque es la obra de una mujer que intima con el lenguaje. Pizarnik traba y trama amistad con las palabras: intenta ligarse ella misma en todo lo que escribe y tiene la mala intención de estar en el decir.

Así mismo, los Diarios (y parte de su correspondencia publicada) constituyen una escritura infrecuente en nuestra lengua. En sus páginas fragmentarias no hace alarde o culto de sí, como suele ocurrir en autobiografías o memorias. Ofrece su diario de escritora como lugar de experimentación de ella misma en el lenguaje, como espacio para pensarse en relación a sus lecturas y como demora para anotar lo que siente. Hasta el final no deja de preguntarse por el deseo, el amor, la angustia, la soledad. Cada vez intenta nombrar lo que no puede decir. No censura hechos que teme confesar ni secretos que la inquietan. Prueba escucharse pensar lo que le pasa. Escribe como una analizante que se hace destinataria de sus palabras.

Un año antes de su muerte publica "El infierno musical". Cito de allí un texto que se llama “La palabra que sana”. Propongo leerlo como manifiesto de su enseñanza: “Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en el que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”.


Por Marcelo Percia
Editada por el diario "Página/12", de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
Publicado el ( Viernes, 01 de Mayo de 2009 )

lunes 24 de noviembre de 2008

NOVEDAD EDITORIAL


Patricia VENTI

LA ESCRITURA INVISIBLE
El discurso autobiográfico en Alejandra Pizarnik

Pensamiento Crítico / Pensamiento Utópico
Cultura y Diferencia
2008, 256 pp. ISBN 978-84-7658-894-9



Desde sus comienzos en los años cincuenta hasta su suicidio en 1972, Alejandra Pizarnik, siempre buscó forjarse una voz propia. De modo que su producción literaria, influida al principio por el romanticismo alemán, el surrealismo y el simbolismo franceses, intentó hallar un discurso diferente a través de transgresiones léxicas y argumentales. En la prosa inédita y en alguna editada de forma póstuma se perciben elementos «ajenos» a la escritura femenina de los años sesenta y setenta. En dichos textos, se produce una ruptura de la narración y prevalece un carácter críptico por el uso de neologismos o juegos del lenguaje. En este tipo de comunicación elíptica, el remitente y el destinatario se funden en una sola persona y la presencia reiterativa de la obscenidad, lo grotesco, la ironía y el tono confesional entre otros, forman parte del proceso de reciclaje y libre circulación intra e intertextual. El estudio de su compleja escritura pasa por examinar las distintas dimensiones que en ella subyacen: el problema de la identidad, del cuerpo, de qué modo los escritos autobiográficos sirven de pasarela entre sus lecturas y su producción pública, de qué forma su escritura autobiográfica canaliza –de forma privada– aquello que no puede aflorar al exterior y, finalmente, cómo la locura deviene un factor progresivamente absorbente en su obra literaria.


ÍNDICE


Introducción. Cap. I. El discurso autobiográfico. Cap II. Censura y traición. Cap. III. La escritura invisible: Diarios. Cuadernos de notas. Intercambio epistolar. La entrevista. Cap. IV. Entre la ficción y la vida: Las ficciones de la identidad: el yo que se escribe. La voz judía. El imperio de los sentidos. La trampa de la locura. Conclusiones. Bibliografía.


* * *

Patricia Venti (Maracaibo), realizó estudios en Literatura Iberoamericana en las Universidades de Zulia y Mérida (Venezuela). Asimismo investigó los manuscritos inéditos de la escritora argentina Alejandra Pizarnik en la Univ. de Princeton; y se doctoró en la Univ. Complutense de Madrid con una tesis sobre el discurso autobiográfico en la obra de dicha autora. Ha publicado varios libros de poesía y ensayos académicos en diferentes revistas internacionales. En 2008 se han editado en España dos libros suyos: Bibliografía completa de Alejandra Pizarnik y La dama de estas ruinas. Un estudio sobre «La Condesa Sangrienta» de Alejandra Pizarnik. Actualmente está realizando su segundo doctorado en filologías románicas, cuya tesis es la edición crítica de los textos póstumos y dispersos de Alejandra Pizarnik.


Anthropos Editorial
Apartado de Correos 224
08191 Rubí
Tel. 936972892
http://www.anthropos-editorial.com/

miércoles 1 de octubre de 2008

INMOLARSE A TRAVÉS DE LA ESCRITURA

La escritora argentina Alejandra Pizarnik tuvo una breve existencia flanqueada por la angustia y la locura que culminó con su suicidio por sobredosis de seconal cuando pasaba un fin de semana fuera de la clínica en la que se hallaba internada. No es posible leer a esta poeta argentina sin acomodar la lectura a esa biografía literaria espeluznante y mítica. Se trata de una lectura inquietante, desazonadora, de la que hay que procurar desprenderse para enjuiciar el valor literario de la obra escrita. Y, sin embargo, esa culminación trágica y real, ese último acto para acabar con su vida, constituye el más cómodo descanso para explicar una obra que a menudo es desconcertante por su discurso delirante, irreductible a un significado unívoco, al análisis lógico, y surgen entonces las explicaciones de la locura y el suicidio como asideros fáciles en los que poder anclar una interpretación segura. En el prólogo a la Prosa completa , Ana Nuño nos alerta sobre la mitificación de la muerte de Alejandra Pizarnik, aunque desprenderse de esa referencia sea algo imposible.

No es un aspecto secundario -nunca lo es- la condición femenina de esta escritora. Cuando imagina a ese lector ideal al que se dirige simbólicamente todo escritor, busca su alma gemela, aquella lectora "supliciada que algún día me leerá con fervor por haber logrado, yo, decir que no puedo decir nada". Sus palabras han sido proféticas, el culto a su obra es fundamentalmente femenino, sin que haya en ello demérito alguno. Por el contrario, su caso es el de una de las primeras escritoras que consiguió alcanzar esa identificación plena y profunda sin rebajar la tensión expresiva.

Silencio final

La otra condición de su obra, la de la referencia constante al suicidio, parece en su caso parte de su poesía, la culminación de su expresión poética con un final solamente seguido por el silencio, como en Hamlet . En Los muertos y la lluvia escribió: "La vida es un lapso del aprendizaje musical del silencio". A esa interpretación de su obra nos empujan las obsesiones en las que reiteradamente se refugia de las angustias que durante toda su vida la hostigaron, acuciada por la desolación, por la frustración amorosa, por la imposibilidad expresiva, por la recuperación de la libertad de la infancia. No en vano, la prosa de esta argentina pavesiana adopta el tono de la confesión, del diario de vivir y el diario de poeta, para sugerir esa identificación entre aquello que nos dice y su auténtica voz interior.

Entre sus obsesiones estaba la noche -"Me parezco a ciertos animales que sólo viven de noche"-, símbolo de la angustia, la soledad, la inquietud existencial. Hijas de la noche son las páginas que forman parte de esta Prosa completa en las que asistimos a la expresión torturada de esta escritora perseguida una y otra vez por la muerte, tentada por el suicidio en las cimas de su desesperación hasta el punto de presentarse a veces como muerta en vida. En su obra, Alejandra Pizarnik prenuncia su suicidio ("el suicidio pronto, prontísimo"), y en su vida lo cumple, alcanzando así el paroxismo de la tragedia; poco importa si su muerte fue accidental o intencionada, en la obra todo presupone esto último y es imposible desasirse de esa sombra para interpretar durante la lectura sus textos.

Como todo poeta, Alejandra Pizarnik buscaba la palabra reveladora y la revelación a través de la palabra. Su obra es una angustiosa tensión expresiva que de ningún modo se resigna a la inercia de los géneros: el cuento, la pieza teatral, el prólogo, la crítica literaria o la reflexión sobre su poética son inseparables de su poesía porque la poesía era para ella "el lugar donde todo sucede" o un lugar donde lo imposible se vuelve posible. Sin embargo, también el lenguaje la llevó a la insatisfacción, cuando no a la frustración.

Intensa verdad poética

Por su búsqueda de la expresión plena -manifestaba la "necesidad de una intensa verdad poética"-, otra de sus obsesiones creadoras, fue impelida en muchas ocasiones a manifestar su extrañeza ante las palabras como objetos que no acababan de pertenecerle y ante los que se sentía enajenada, proscripta. En esa transición que representó el período en que luchó con el lenguaje, en que lo forzó y violentó, se afanó por expresarse con una prosa que a veces se asemejaba a la de Carroll, a veces a la de Cortázar, de quien se hizo amiga en París, al que dedicó algún ensayo y quien le correspondió con un poema homenaje tras su final trágico. Pretendió alcanzar el sentido a través de la imagen poética o de diálogos que expresan lo absurdo, pero finalmente concluyó que las palabras eran una transición hacia otra expresión u otra realidad y se dejó tentar por el silencio -"En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio"-, que ella decía que era un útero, la muerte.

Lo mejor que podemos decir de la obra de Pizarnik es que proliferó en rutas expresivas inexploradas que proponen el vértigo de hallar la voz original, aunque finalmente sus sendas se cerraron antes de completar la obra perfecta. Buscó someter la escritura al misterio de expresar lo inefable y, aunque afirmó "escribo para no suicidarme", en el último momento cambió la palabra por el gesto, por la representación. En Tangible ausencia había dicho: "Me embriaga la luz. No nombro más que la luz. Quiero verla. Quiero ver en vez de nombrar".

Quizás en esas palabras se nos anuncia el significado de aquella escritura "densa y llena de peligros a causa de su diafanidad excesiva" que ella pretendía, y cuyo colofón expresivo fue su muerte, una muerte por inmolación a través de la palabra, la muerte entendida como un signo, como una forma de expresión poética que ella misma anticipó en estas palabras: "Ignoro si hablo de la perfección poética, de la libertad, del amor o de la muerte". Escribir y vivir o callar y morir eran sinónimos en su personal lengua poética. Cada texto suyo nos da su significado no sin un arduo esfuerzo de interpretación, porque siempre lo cubre un velo de misterio que no acabamos de descifrar del todo; la vida y la personalidad de Alejandra Pizarnik laten en esos espacios misteriosos; a iluminarlos contribuye esta Prosa completa .

Por Arturo García Ramos
El mundo, ABC Cultural, Miércoles 28 de agosto de 2002

domingo 28 de septiembre de 2008

ESPERANDO A ALEJANDRA


Hay que armarse de temeridad y paciencia para valorar críticamente la obra o la vida de Alejandra Pizarnik (1936-1972). Temeridad: estamos ante una escritura obsesiva, en la que una serie de figuras y motivos recurrentes son sometidos a un intenso bombardeo, como una muestra de uranio bombardeada con neutrones lentos.

El resultado es uno de los experimentos de fisión poética más poderosos llevados a cabo en el siglo XX. Infancia idealizada y violada, inefabilidad del lenguaje, encarnación de la vida en el verbo, la sexualidad como pompa degradada del lenguaje, la muerte como acechanza y añoranza, la fantasía y sus trampas letales, la imaginación y sus promesas incumplidas.

Estas son algunas de las pepitas de material radioactivo que se desprenden del experimento Pizarnik. Perder de vista los elementos de partida o las violentas reacciones a que son llevados es exponerse a “contaminarse”, es decir, a prodigar glosas en cadena a su vez cuajadas de élans más o menos tanáticos o eróticos.

Una abrumadora mayoría de comentarios inspirados en esta obra lleva la huella de la fisión pizarnikiana. Como del cuerpo de algunos monstruos mitológicos, de este corpus crítico brotan varias cabezas, de las que dos sobresalen: la que afirma la naturaleza “maldita” de la vida y obra de la poeta, y la que proclama la radicalidad de una escritura que aspira a la casi mística transmutación de la vida en lenguaje. Todas apuntan hacia un mismo horizonte: la mitificación de Pizarnik.

Paciencia también es preciso tener para separar, en la madeja de la recepción de la obra, los hilos de la autenticidad de los alambres de la idealización. Con Pizarnik sucede –sigue sucediendo– lo que durante largo tiempo sucedió con Arthur Rimbaud, figuras ambas envueltas en la bruma metaforizante de la genialidad precoz y el suicidio real o figurado, y en las que ha encarnado el mito romántico de la eterna juventud maldita del poeta vidente.

Con la obra sucede otro tanto. Es cierto que la de Pizarnik no ha tenido (¿aún?) el honor de verse enriquecida con la edición de algún falso original, como sucedió con la de Rimbaud al publicarse La Chasse spirituelle.

Pero otras peripecias póstumas han marcado la obra de la poeta argentina y alentado una suerte de suspense cabalístico: todo ha sido publicado, pero... ¿y los Diarios? ¿Acaso no faltan los Diarios?

Pues bien, ha llegado el tan esperado y temido momento de su publicación. Esperado por quienes sufrían pensando en la irreparable mutilación para el sentido de la obra que suponía esta ausencia; temido por quienes se niegan a considerar la de Pizarnik como una obra más, forzosamente clausurada. Pero seamos optimistas: tras la publicación de los Diarios se abrirá sin duda otro compás de espera y temor, hasta que se editen los cuadernos de notas o la obra pictórica o la correspondencia completa... Al infinito.

No estará de más, para evitar los efectos de las radiaciones sobre las margaritas de la luna, poner un poco los pies en la tierra y recordar dos o tres cosas de la vida de Alejandra Pizarnik, nacida el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, y hallada muerta de una sobredosis de Seconal, el 25 de septiembre de 1972, en su apartamento porteño de la calle Montevideo.

Flora Alejandra Pizarnik, fue la segunda hija de un matrimonio de judíos llegados a Argentina dos años antes del nacimiento de ella, originarios de Rovne, ciudad que fue polaca y hoy es ucraniana.

El apellido de su padre era Pozarnik, y si se transformó en Pizarnik al poner los pies en Argentina, en ello nada hay de extraordinario: los funcionarios de inmigración de este país registraban lo que buenamente entendían. Otro tanto sucedió con el nombre de la madre de Alejandra, que de llamarse Rejzla Bromiker pasó a llamarse Rosa.

Las dos familias, Pozarnik y Bromiker, con la excepción de un hermano del padre de Pizarnik, instalado en París y de una hermana de la madre también emigrada a Argentina, fueron exterminadas por los nazis.

Al llegar a Argentina, el padre y la madre de Pizarnik tenían 27 y 26 años, respectivamente, y no hablaban una palabra de castellano. Durante su infancia y la de su hermana Myriam, nacida veinte meses antes que ella, Alejandra oía a sus padres hablar yiddish en casa, y aunque algunos biógrafos afirman que ninguna de las dos hijas aprendió esta lengua, no cabe duda de que el “oído” de Alejandra se formó en buena medida al contacto con ella.

César Aira sostiene que los orígenes judíos influyeron poco o nada en Pizarnik. No pocas ni poco sustanciosas entradas del Diario (he contado hasta catorce, sólo en un periodo que va de 1955 a 1971), cargadas de ambigüedad como casi todo lo que de sí misma consignaba la poeta, deberían servir por lo menos para matizar este juicio. Sin mencionar la veta humorística y escatológica en la que no es descabellado ver la huella de una tradición oral muy característica de las formas populares de transmisión cultural del shtetl.

Con 19 años, cuando aún era Flora Alejandra, Pizarnik publicó su primer libro de poesía, La tierra más ajena (1955). Hacía un año que había iniciado estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Este libro lleva en epígrafe una cita de Rimbaud, que empieza: “¡Ah! El infinito egoísmo de la adolescencia...”. Asunto aparentemente anecdótico, en realidad fundamental: la adolescencia de Pizarnik, y no sólo cuando publica su primer libro, sino su eterna adolescencia, preservada por ella misma con sangre, sudor y lágrimas hasta el día de su muerte.

No tardó en abandonar los estudios universitarios, y durante un tiempo estudió pintura con Juan Batlle-Planas. Los dibujos y pinturas de Pizarnik son sorprendentes; algunos delatan su admiración por Paul Klee (Las aventuras perdidas, su tercer libro de poemas –de 1958–, lleva como ilustración un cuadro de Klee), su pintor favorito junto con el Bosco, en una de cuyas más conocidas obras se inspiró para La extracción de la piedra de locura.

En 1956 publicó su segundo poemario, La última inocencia, dedicado a León Ostrov, su psicoanalista y –cómo no– amor platónico durante años. En esta época Pizarnik inició una vida social y literaria muy intensa. De hecho, siempre tuvo una vida intensamente social (y sexual), con excepción del último año y medio de su vida, cuando se produce el tan esperado y temido derrumbe psíquico.

En estos primeros años de actividad literaria frecuentaba a los poetas Rubén Vela, Raúl Gustavo Aguirre y Clara Silva, y también inició su amistad con Olga Orozco, que habría de perdurar. Pizarnik, que ya era una lectora desordenada y voraz, constituye su panteón literario, dominado por Rimbaud, Trakl y Artaud, y visitado por Virginia Woolf, Katherine Mansfield y Marcel Proust.

También son años de fracasos amorosos, marcados por la desaparición de Jorge Gaitán Durán, por quien concibió una pasión que se prolongó más allá de la muerte del poeta colombiano.

La etapa creativa y vital más importante de Pizarnik coincide con su estancia en París, de 1960 a 1964. A pesar de auténticas penurias económicas y frecuentes brotes depresivos, trabajó para Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, fue miembro del comité de colaboradores extranjeros de Les Lettres Nouvelles, asistió a clases en la Sorbona y frecuentó a escritores franceses (Yves Bonnefoy, André Pieyre de Mandiargues, Henri Michaux) e hispanoamericanos, como Octavio Paz y Julio Cortázar. A éste y a Aurora Bernárdez la unió mucho más que una amistad literaria, casi una relación de proximidad familiar.

De este periodo son los extraordinarios poemas de Árbol de Diana (1962), publicado con prólogo de Paz, y el inicio de su colaboración en prestigiosas revistas literarias (Nouvelle Revue Française, Mito, Zona Franca, Papeles de Son Armadans). París fue su “patria secreta”, y en esta ciudad ingresaron en su panteón por la puerta grande Kafka, Kierkegaard, Lautréamont, Nerval, Reverdy, Cervantes. Y Dostoievsky, el escritor a quien más hondamente sintió próximo.

De vuelta a Buenos Aires publicó Los trabajos y las noches (1965), con el que obtuvo el Primer Premio Municipal y el Premio Fondo Nacional de las Artes. A contracorriente de la leyenda maldita de la poeta sumida en las ansias de la muerte y los tormentos de la soledad, la verdad es que, además de acceder a una intensa vida social, Pizarnik fue una poeta aplaudida, querida, aun idolatrada, que recibió el reconocimiento institucional al que muchos poetas argentinos de su generación aspiraban, y si bien es cierto que nunca vivió holgadamente, llegó a recibir sendas becas Guggenheim y Fulbright.

Ese año también es el de su único texto extenso en prosa, La condesa sangrienta, recogido en volumen en 1971. Extracción de la piedra de locura (1968) –con poemas escritos entre 1962 y 1966– y El infierno musical (1971) concluyen la obra publicada en vida.

En los dos últimos años exploró su vertiente más salaz, obscena y grotesca. Hasta enero de 1972, durante cinco meses estuvo internada en un psiquiátrico. Acabó viviendo plenamente de noche, bebiendo té e ingiriendo grandes dosis de psicotrópicos. Una de estas ingestas le fue fatal.

La publicación de los Diarios de Pizarnik, ¿qué agrega a la comprensión de su obra y del “personaje alejandrino”? Es difícil decirlo, ya que estamos ante una edición censurada.

El prolongado proyecto editorial que ahora llega a término ha estado en todo momento sometido a las condiciones impuestas por Myriam Pizarnik, derechohabiente de la obra de su hermana, notablemente la de que se hiciera una selección de fragmentos de contenido estrictamente literario en los que se evitaran las referencias a la vida privada de Pizarnik y de las personas mencionadas.

Ahora bien, ¿cómo segregar en un Diario lo personal y privado de lo público (o publicable) y literario? La selección de un corpus diarístico puede hacerse, claro está –un ejemplo célebre es A writer"s diary, la versión expurgada del Diario de Virginia Woolf editada por su marido en 1953–, pero a condición de explicar los criterios de selección con claridad meridiana.

El mismo Leonard Woolf incluía en su prólogo, junto con las razones para dar una primera versión censurada, una crítica razonada de este método de edición.

Transformar en criterios editoriales las prevenciones de terceras personas, impuestas bajo la amenaza de sanciones legales, es lo bastante grave. La afirmación de que los Diarios que ahora se publican no son un “relato de vida” sino un “diario literario”, aun una obra que posee el mismo valor que los poemas y prosas de Pizarnik, además de ser una racionalización de la señalada censura previa, es una tergiversación que la lectura de los textos seleccionados desmiente en más de un lugar.

Por sólo citar uno de ellos:

“Puede ser también, que, dada mi escasa facilidad de expresión oral, apele al papel para no atragantarme, para escupir el fuego de mis angustias. Por eso, quizá, amo tanto estos cuadernillos de quejas, cuyo valor es exclusivamente psicológico, pero nunca literario” (página 65).

¿Y qué necesidad hay de afirmar categóricamente que Pizarnik es “la primera escritora latinoamericana que escribe un diario concibiéndolo como parte de su proyecto de obra literaria”?

Aparte de que resultaría difícil citar ejemplos de escritores que escriban un diario divorciado de su “proyecto de obra literaria”, la afirmación no pasa de ser una petición de principio que se sostiene, únicamente, si reducimos su aplicación al género femenino. ¿O es que Julio Ramón Ribeyro no era escritor y además latinoamericano?

En otro plano, el del establecimiento del texto y el aparato de notas, la presente edición se rige por criterios de difícil comprensión. Así, se ofrecen en el texto las siglas onomásticas, pero rara vez se aclaran en nota. Esto hace que las escasas notas referenciales (Arturo Cuadrado, Olga Orozco, Cristina Campo, Alberto Manguel) parezcan meramente caprichosas. El lector se ve confrontado en no pocas entradas, sobre todo en los años 1969-1971, a una verdadera sopa de letras.

Es cuando menos una falta de consideración infligirle al lector no argentino y ajeno al microcosmos de las letras de este país tan cansino juego de adivinanzas. A. M. B. puede ser Ana María Barrenechea; E. P., Enrique Pezzoni; S. O., Silvina Ocampo; I. B., Ivonne Bordelois. Pero, como diría afrancesadamente Pizarnik, ¿ “qui sait”? ¿Quiénes son J. y E. en Buenos Aires en 1958; T., Z., F., G. en París en 1961, y en 1963, Y., Q., M. L., A. D., M. J., A. P. de M. (seguramente André Pieyre de Mandiargues, pero ¿no se merece, tanto como Manguel o Campo, una humilde nota?)?

Lo mismo puede decirse de los lugares donde vivió o los trabajos que realizó en París para mantenerse, además de las menciones en el texto a obras de Pizarnik, todos ellos sin referenciar. ¿Qué cuesta, por ejemplo, decirle al lector (página 419) que Fragmentos para dominar el silencio es uno de los poemas de Extracción de la piedra de locura? Máxime tratándose de uno de los poemas capitales del último periodo, importancia que se refleja en que Pizarnik anote el día en que “cree” haberlo finalizado.

¿Que el lector puede leer esta selección de los Diarios y leerla con deleite (y también con una permanente sensación de “déjà lu”)? Sin duda. Quien conozca la obra de Pizarnik hallará en estas páginas muchas de las obsesiones y modismos de la escritora, desde su humor gnómico hasta espléndidos elogios de la lectura, con la sombra de la muerte y la soledad y el silencio y el valiente esfuerzo de la poeta por avanzar en el dominio de sus herramientas, aun a riesgo de poner en peligro su equilibrio psíquico.

Destaco el corrosivo humor paródico que la lleva, en una mezcla de autocompasión y autocrítica, a incluir en una larga anotación de julio de 1955 el siguiente “diagnóstico”: “De pronto me admiro de todo lo que hice. De mis papeles. Algún día van a estar en el museo (de algún Instituto Psiquiátrico). A su lado habrá un cartel: Poemas de una enferma de diecinueve años. Imposibilidad de razonar. Nunca meditó. Jamás reflexionó. Ninguna vez pensó. Parece ser que es sensible. Propensión a considerarse genial. Agresiva. Acomplejada. Viciosa. No muerde”.

No, Alejandra. A pesar de que tus Diarios hayan visto la luz respetando un riguroso protocolo digno de la mejor institución psiquiátrica, los originales están hoy depositados no en un hospital, sino en la biblioteca de una liberal universidad estadounidense. Cabe esperar que alguien menos respetuoso de los tabúes familiares y nacionales que tanto contribuyeron a enfermarte logre editarlos en su integralidad y con el debido respeto al lector.


Por Ana Nuño, Publicado en LA VANGUARDIA en su edición del miércoles 31 de diciembre de 2003

jueves 25 de septiembre de 2008

ALEJANDRA, LA INMORTALIDAD TE CUBRE



Alejandra - Se acabó todo proyecto literario. (pausa) ¿Quién me quiere? ¿Quién me quiso? (Triste) La gota de agua cae a ritmo sincopado, no se detiene. (En voz baja) Esta prisión me proporciona la ilusión de un refugio. Yo, Alejandra, la Troyana de Pernambuco, nieta de cabalistas, poeta predestinada a la locura, experta en abrirse camino entre las piernas, ya no necesito las calles ni las plazas, sólo un colchón donde echarme. Lo más temido se ha vuelto real (pausa) Ha llegado la hora de asumir una verdad decepcionante, casi ridícula: Mi condición es tan funesta que ni siquiera puede haber duelo.

(Silencio. Alejandra extrae del cajón un frasco, lo abre y se toma un puñado de pastillas. De repente se hace un absoluto silencio seguido por una súbita oscuridad. Se escucha una muchedumbre pidiendo auxilio. Al encenderse las luces, la escenografía cambia por la de un apartamento semivacío con libros rotos por todas partes: el suelo, estantes, escritorio, etc. Alejandra no está más en el escenario, sólo los restos de una muñeca rota. Aparecen Mamushka y Marcelino con un vestuario diferente.)

Mamushka (con lagrimas) - Donde hubo una hija, hay cenizas y manchas de sangre y pedacitos de uñas y rizos púbicos. Su alma ha sido quemada en vida. (pausa) ¿Qué hacemos?
Marcelino - Salvarla
Mamushka- ¿De qué? ¿De quién? Todos le dieron la espalda y ahora las ratas atrapan a las trampas, la prisionera vigila a las cadenas, ella está en los espejos y me mira con angustia, a mí, la madre que encubrió al verdugo y al verdugo que blandió el hacha. Y aunque le aseguré que el hacha no caería de sus manos, voilà… el verdugo ahora encubre a una madre, y de nada valdrá, como quien dice, la idea fija. Yo estoy, respecto de ustedes, un mar más lejos.

(Marcelino se va y entra Olga)

Mamushka (Se dirige a Olga)- ¿En qué piensas?
Olga- Medito sobre la existencia incomprensible y ridícula. Sé que hay noches, versos, paisajes, suspiros, que no están detrás de mí, y si quiero descubrirlos, tendré que aprender a ser sus manos abalanzándose sobre el sufrimiento. Desde el corazón te digo, esta muerte no tiene descanso ni grandeza. Todo lo que recuerda mi boca fue borrado de la memoria de otra boca. Ahora conjuro a los elementos para que acompañen mis invocaciones, para que sean testigos y cómplices de este rito de amor.
Mamushka- Ya sé que el sufrimiento nos ciega, pero aunque nadie puede escoger otro pasado, yo necesito soltar mi queja sobre ti, para despojarme de lo que he vivido.
Olga- Debemos aceptar su muerte al igual que una heroína ridícula de tragedia griega, porque en el recuerdo sin más autocompasión ni arrepentimiento-miedo- delirio ella levantó su mano y la empuñó contra Dios. Juraría haber escuchado su grito de agonía al morir, ¿o de alegría?
Mamushka- Yo me esfuerzo por pagar mi penitencia, cometí un crimen del que fui partícipe sin saberlo. Nosotros hemos destruido el único lugar donde mi hija habitaba sin voces, ni rumores o gritos de los parientes martirizados en cámaras de gas.
Olga- El destino y la negligencia han provocado la racha de buena suerte en los que ansiaban su fama. Ahora que todo ha sucedido. Amigos, amantes, editores, hacen declaraciones a los diarios, echándose culpas. También revolotean por lo bajo preparando sus hondas: acusan, indignados por lo que ha sucedido, pero jamás intentaron ayudar; a ninguno de ellos se le había ocurrido preguntarse si las cosas estaban en orden; sólo esperaban que sucediera lo previsto, es decir, su muerte.
Mamushka- Acaso, ¿no era más fácil desprenderse y así evitar caer al vacío con ella?
Olga- Ninguna de las puertas que ella abrió eran para salir. Todas estaban en el revés de los espejos y el magistral viaje culminó en sus escritos.
Mamushka - ¿Y para qué? Nadie recordará su olor a tristeza, ustedes no recordarán el gusto del vino atado a la lengua, no recordarán el color de la noche en los ojos de los ahogados sino que recordarán palabras que flotan como máscaras, como cáscaras vacías que nunca contuvieron nada, y recordarán sus ojos que pagaron al amor el mas alto tributo. Recordarán su nombre que significó mucho para quien lo llevó como un arma en la noche de los grandes encuentros y del dolor sin desenlace.

(Pausa y Olga va hacia la ventana)

Mamushka - ¿Por qué te vas?
Olga- Su casa ha sido profanada, saqueada por los violadores de tumbas…. No creo estar molestando a nadie pero debo irme.
Mamushka – Quédate un momento…
Olga- Si recogemos sus papeles podríamos reconstruir la trampa mortal.
Mamushka - ¿Qué trampa? ¿El laberinto donde sus labios exangües sorbieron los venenos de la vanidad?
Olga- Un ángel adorable con hocico de cerdo le tendió una celada y ella cayó perdiéndose en los insomnios poblados de muros, detonaciones, gritos. El aire poco a poco se tornó un campo de concentración para la niña minúscula que bailaba sobre el filo del cuchillo.

(Se oye un silbato y una marcha de ejército. Sale a escena Héleno (Poeta travesti) con un baúl en la mano)

Mamushka- ¿Qué traes en ese baúl?
Poeta travesti- Sus heridas, las flores secas que conservó detrás de la puerta, figuritas rotas de madera, una revista pornográfica usada con fines ilícitos, fotos ajadas por el tiempo, su existencia vuelta cenizas.
Mamushka- No fuimos una buena estrella para ella: pertenecemos a una raza maldita. Siempre oyendo el delirio de los lobos (pausa) Hija, era tan fácil que me la hiciste. Si la ahogada no oponía resistencia al que lo ahogaba, qué sentido tenía ahogarla, qué sentido tenía repetir una muerte, un gesto de desenlace dramático que ya se cumplió cuando era el momento. ¿Qué sentido tuvo desenterrar a los muertos y romperles los huesos a palos? ¿Qué sentido tuvo estrangular a la hija que yacía violada y fría antes de nacer?
Poeta travesti - Tranquila Mamushka, es una suerte que nadie te ayude. (Pausa) No hay nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibirla. Tu hija te deja un legado en su obra.
Mamushka- ¿Y de que me sirve su gloria? Yo la quiero viva….¿Para qué seguimos hablando? No hay más esperanzas. Tuve un contenedor lleno de esperanzas rotas, la misma esperanza rota mil veces en realidad, y hacía rato que había puesto el candado. Sin embargo, la tenacidad y empeño con que se manifestaba el “espero una vida mejor” a pesar de mis repetidas advertencias, logró un poder imposible de ignorar. No puedo hacer otra cosa que ceder ante mis negligentes y ciegos sentimientos maternales.
Poeta travesti -(se acerca a Olga) ¿Lloras?
Olga- Tengo culpa. Pero el silencio es algo cierto, verdadero. No estamos solos. Alguien –tal vez muchos- tiemblan en este cuarto mal alumbrado, debajo de mi mano sobre el papel, entre las sombras. Gente que ella amó. Todas sus habitaciones fueron tugurios de espectros y sumideros de llamadas ahogadas por un orgullo único. Todo esto para reventar como una perra caliente, cualquier día de lluvia.
Mamushka- Busca a Marcelino.
Poeta travesti - Se niega a verte.
Mamushka- ¿Hace algo?
Poeta travesti - Ha enmudecido.
Mamushka- ¿Piensa resucitarla a través del silencio? Tuvo el papel de bufón, sí, pero nadie rió, está preso de una seriedad mortal porqué está como quien no está y se va como quien nunca estuvo.
Poeta travesti - Cada uno resucita a sus muertos de la forma que puede. También él está a cinco pasos de la muerte. …Y yo sé lo que digo, lo sé tanto que no debería decirlo de nuevo. Pero mi lengua anfetamínica no se deshabitúa de rumiar siempre lo de siempre.

(Olga da vueltas por la habitación. Camina como una autómata. Rumores de tormenta)

Olga- Poeta suicida, poeta de las palabras puras, eran legión, legión encarnizada posándose sobre tu nombre. Ahora se multiplican a medida que te destejes hasta el último hilván, apresándote contra las telarañas voraces de la nada.
Mamushka- ¿Qué haces?
Olga- Recito una elegía.
Mamushka- Aquí solo se reza.
Olga- ¿Ya no hay derecho al poema?
Mamushka- No (pausa) Acércate a la ventana.

(Olga se asoma por la ventana)

Mamushka- ¿Qué ves?
Olga- Veo a la poeta caminando por París… escribe sin tregua, fuma, bebe, ríe, hace el amor. Está rodeada de escritores jóvenes, de varios “monstres sacrés” y de artistas de cine. En este momento, se acerca una mujer al grupo a pedir un cigarrillo y…!habla español! Tiene un acento parecido a (pausa) se llama (la interrumpe Mamushka)
Mamushka- Basta, ¡no sigas! cierra la ventana.

(Olga se aleja de la ventana)

Poeta travesti - Estoy cansado de tantos lamentos sin sentido, la poesía envuelta en papel celofán….
Olga- Se habla para no decir nada, travesti de los Urales.

(Mamushka comienza a hacer pucheros y posteriormente llora)

Olga- ¿Por qué lloras? Las palabras siempre nos sirvieron de guarida; siempre nos resguardaron de todo peligro. Escondidas entre ellas, la oscuridad que nos brindaban era todo lo que necesitábamos para sentirnos a salvo. Ni las arañas podrían tocarnos allí. Nadie. Ahora, ella se ido a otro universo en donde no hay gritos ni máscaras, donde los espejos reflejan sólo lo hermoso. Sin embargo, viéndote siento miedo. Estoy con pavura.
Mamushka- De repente, el mundo ha caído sobre mí. Quisiera correr y entrar en la luz. Pero en su recuerdo hay una mano dorada de mujer que me agarra del brazo y llora.
Olga- Tu solo recuerdas la criatura hambrienta que la deshabitaba.

(El Poeta Travesti recoge los pedazos de la muñeca y se la entrega a Mamushka)

Mamushka (abrazando a la muñeca) – Pensar que ella ni piensa que duerme.
Coro (Olga y el Poeta Travesti)- Golpea, golpea su cabeza, que tus manos resuenen.
Mamushka- El tiempo terminará devorando todo, hasta su memoria…
Coro (Olga y el Poeta Travesti)-Como el viento se lleva al humo.
Mamushka-No puedo oír su voz…
Coro (Olga y el Poeta Travesti) – Te toca morar el infierno en vida.
Mamushka- Ella me lleva, me arrastra…
Coro (Olga y el Poeta Travesti)- La negra muerte cubre sus ojos.
Mamushka- Olvidaré mi nombre, el suyo. Ha muerto la desdichada.


(Pausa. Se oye la campanilla de la puerta)

Mamushka- Debe ser alguien.

(Olga y el poeta travesti se van hacia la ventana y de pronto se detienen. Se oscurece la escena y enfoca a una figura fantasmal que se aproxima a Mamushka)

Hija - Nosotras, las dos, vivimos durante treinta y seis años reinventando hacia atrás. Yo fui descubriendo que eras huérfana, casada y viuda, todo bien envuelto en fotos, papeles, cajas y lápices rotos. Ahora el silencio trae hasta esta orilla los desechos más impuros: infortunios invisibles, gritos al amanecer, un poema que no supiste escuchar, ni quise escribir.

Si alguna vez llama el amor
y ya estoy muerta,
vendré.
Siempre vendré,
si alguna vez al fin
llama el amor.

Ahora tu dolor disuelve mi odio y la mano que se alzó para condenarte se arrepiente. Y yo ¿acaso he sabido hacerlo? Sí, estuve en el lugar de la cita, a la hora indicada, y nadie acudió. Esto es todo, no es mucho aunque es todo. Mamushka, el silencio que envuelve tus temores, tu enfermedad de posesión, conmueven mi alma despojada. Pero ésta, la última vez, te digo, en el fondo de todo hay un jardín. Estoy en mi jardín.

(La hija se aleja y desaparece en la oscuridad. Un foco de luz ilumina a Mamushka quien todavía tiene los trozos de la muñeca en las manos)

Mamushka- Alguna vez pronuncié tus nombres: Buma, Flor, Sasha, Alejandra, construidos con voz pura. Ahora que la inmortalidad te cubre y tus párpados se han despoblado de la locura, declaro tu muerte por segunda vez: sed, pulmones, respiración que se vacía, playa solitaria de un tiempo acotado... (mira)
Está amaneciendo… (grita) !!! ¡hija!... Mi hija no ha muerto…. ¡ hija! ¡ hija!...

(Al salir se va inmovilizando. Se oscurece la escena)


Fragmento final de mi obra de teatro "Diversiones púb(l)icas"

HACE 36 AÑOS, A LOS 36 AÑOS DE EDAD, PIZARNIK SE QUITÓ LA VIDA



Hoy, 25 de septiembre del 2008, se cumple el 36 aniversario de su muerte. Después de tantos años, mi relación con Alejandra Pizarnik es ambigua, contradictoria. Por un lado es de admiración y por otro, de fastidio.Cuando tenía 17 años, su obra me fascinó y atrapó para siempre. El primer encuentro ocurrió en Maracaibo, en una librería de libros viejos. Cuando leí sus pequeños cantos, sentí que había hallado una verdadera poeta. Con el paso del tiempo, conozco su obra casi mejor que la mía. Y a pesar de su decisión final, es decir, el suicidio, no siento pena por su muerte. El camino estaba cercado y su salida -quizás más fácil- fue la autodestrucción. La madrugada que tomó la sobredosis de barbitúricos, encontró finalmente el sentido a su proyecto literario: "por la literatura, yo he perdido la vida". RIP

martes 23 de septiembre de 2008

POEMA ENVIADO A LEON OSTROV




Temor y temblor
Estos huesos en la noche,
Estas palabras como piedras preciosas
En la garganta viva de un pájaro petrificado,
Este verde muy amado,
Este lila caliente,
Este corazón sólo misterioso.
Con manos pequeñas
Estrechar la piel furiosa
De lo que crece en el sueño.
Ofrendas, alegrías olvidadas,
Respiración nueva, a quien,
Dónde dejarlas en lo oscuro tembloroso,
en el temor de la muerte primitiva.
Perdida en el silencio
de las palabras fantasmas.

¿Quién es el heredero del viento?
¿Quién la llena de días? ¿Quién hace que ella viva?

Si la muerte es memoria cerrada,
¿quién sopla y germina
en mis tiempos de espanto?
¿Qué hace que ella viva?
¿Qué la mantiene?
¿Qué la desdeña
y gira y sueña?

(Poema incluido en una carta enviada a León Ostrov, 1960-1961)

CORRESPONDENCIA DE PIZARNIK A LEÓN OSTROV (1960-1961)


Queridísimo León Ostrov:

...Aquí en París me surgieron recuerdos de cosas viejas, que creía sepultadas para siempre: rostros, sucesos, etc. Los anoté y traté de analizarlos seriamente. Pero lo que me interesa es haber descubierto que no conozco el rostro de mi madre (yo, que tengo una memoria excepcional para los rostros) sino que lo veo en la niebla, esfumado, como el negativo de una foto. Concientemente, no la extraño. No sé qué decirle en mis cartas ni tengo ganas de decirle nada. Ella me envía tres o cuatro frases convencionales y muchos abrazos. Posiblemente no me importaría no verla nunca. Pero no confío en estas afirmaciones. He pensado en el análisis. En Buenos Aires lo había descartado de mis proyectos. Pero aquí me asalta y me invada muchas veces la evidencia de mi enfermedad, de mi herida. Una noche fue tan fuerte mi temor a enloquecer, fue tan terrible, que me arrodillé y recé y pedí que no me exiliaran de este mundo que odio, que no me cegaran a lo que no quiero ver, que no me lleven adonde siempre quise ir. Pero para hacerme el psicoanálisis necesito ir a Buenos Aires. Y no sé aún si deseo volver o no. Creo que mis angustias en París provenían del brusco cambio de vida: yo, que soy tan posesiva, me veo aquí sin nada: sin una pieza, sin libros, sin amigos, sin dinero, etc. Mi felicidad más grande es mirar cuadros: lo he descubierto. Sólo con ellos pierdo la conciencia del tiempo y del espacio y entro en un estado casi de éxtasis. Me enamoré de los pintores flamencos y alemanes (particularmente de Memling por sus ángeles), de Paolo Uccello, de Leonardo (La virgen, el niño y Sta. Ana --¡por supuesto!-- que me arrastró a una larga y absurda interpretación sexual, aunque en verdad no hay qué interpretar pues todo está allí) y naturalmente Klee, Kandinsky, Miro y Chagall (los preferidos, por ahora). Me parece muy bien que haya llevado un balde del de Flore. Yo, por ahora, me porto juiciosamente: sólo unos pocos libros. Pero si me tuviera que llevar algo sería la fachada de una casa desmorona da de un pueblito llamado Fontenay Aux-Roses, cuya estación de ferrocarril está llena de rosas. Las ventanas de esa casa tienen los vidrios de color lila, pero de un lila tan mágico, tan como los sueños hermosos, que me pregunto si no terminaré penetrando en la casa. Tal vez, si entro, me reciba una voz: "Hace tanto que te esperaba". Y yo ya no tendré que buscar más. Hago --se hacen-- algunos poemas. Cuando los corrija le enviaré algo. Sigo dibujando pequeños monstruos. Y leo al "perro de Lautréamont". Escribo minuciosamente mi diario. Y envejezco. Cumplí años y soñé que me decían: "el tiempo pasa". Pero no lo creo. Quevedo tampoco lo creía: "miro el tiempo que pasa y no lo creo"(cito de memoria). Mi único ruego constante es que no me abandone la fe en algunos valores espirituales (poesía, pintura). Cuando me deja temporariamente viene la locura, el mundo se vacía y rechina como una pareja de robots copulando. Le buscaré las revistas y todo lo que necesite o --y-- llegara a necesitar. Abrazos para usted y para Aglae. Alejandra


“Mis poemas los hago con mucha paciencia. Un poeta no tiene apuro, no debe. Un verso, una línea, la escribo palabra a palabra. Cada palabra la anoto en una tarjeta distinta, por ejemplo “La viajera marca su intensidad con desobediencia”. Tengo, pues, siete trajetas, bastantes grandes. Las ubico en mi cama y comienza el trabajo. Voy moviendo las tarjetas como peones de un damero de ajedrez. “La desobediencia de la viajera es su intensidad”. Con los pies voy tapando las palabras, puede aparecer: “Marca la intensidad, desobedece la viajera” o todavía “Viajera sin maletas; con intensidad guarda su desobediencia” y acaso lo prefiero, resulta: “La intensidad apura a la viajera, será desobediente” y así y así estoy horas y horas y es importante cada espacio, cada viaje de la viajera desobediente. Fumo mucho, desobedezco. Ahora las tarjetas se han ensuciado de tanto taparlas y descubrirlas. Cada vez. Mi cuerpo se revuelve, hago el amor con la poesía, músculo a músculo, tarjeta a tarjeta”.


“En verdad estoy desesperada. Pero hay un juego a muerte. Tengo que hacer poemas bellos y tengo que poblar de voces mi silencio. Por eso me dolía donarme a la oficina (si bien en un sentido es una derrota este cambio, pues, aplicando un realismo despiadado ¿qué hice cuando tenía tiempo?). Pero también me asusta no trabajar todo el día, de no dolerme la vida. Es como si todo debiera ganarlo en contiendas espantosas. Quiero decir, es como un temor de que todo me vaya mal, ahora, cuando trabajo suavemente 4 horas, y vuelvo descansada y no me muero de fatiga. Además, trabajando todo el día me olvidaba de mí, de mi yo, que tanto me hastía, que tanto me llora.”


“Gracias por sus cartas, por lo que dice y por cómo lo dice. Aquí está por estallar una guerra civil pero no se la siente. El cielo fue blanco este mes, fue una ausencia, era una tristeza, un puerto entre los mundos. Me gustaría saber de Buenos Aires, es decir de usted y de unos pocos más que quiero. Le enviaré una carta más larga, enamorada del primer pronombre como todas las anteriores. No se preocupe por las direcciones ni los cambios de domicilio que merecen por lo menos un Proust para referirlos”.


MADRID 2008

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